Había algo en aquella melodía, que se clavaba tan profundo dentro de mí como el abismo más negro y oscuro.
Cada nota que sonaba era el eco de una amiga inseparable desde hace años.., la tristeza!
Caminaba con paso firme pero lento. Los pies se hacían pesados al avanzar. Parecían hundirse en la arena sin remisión, tragándose todo aquello que escupía el corazón.
Notaba aquel temblor en la voz y en mis manos el sudor cubría la piel sin temor.
Parecía como si dentro de mí todo encogiera a la vez. Apretándome con fuerza hasta sentir un dolor punzante que abría heridas incapaces de cicatrizar.
Cómo podía parar todo aquello?
Si el recuerdo me mataba en vida y los sonidos penetraban tan dentro, que se quedaban grabados a fuego.
Abrasando todo a su paso mientras caminaba a duras penas empujado por el viento.
Incapaz de cortar el flujo de lágrimas que se deslizaba por mis mejillas, observaba como caían e impregnaban con su dolor la tierra que pisaba.
Las sentía una a una correr suavemente por mi piel. Heladas como la nieve del más crudo invierno y dejando un surco que jamás podría ya borrar.
Y sin embargo no quería dejar de escuchar, no podía parar de martillear mis oídos con aquella canción.
Me sentía hechizado, adherido a sus acordes mientras balanceaban todo mi mundo sin piedad hasta volverlo a derrumbar.
Quizás un día logre apagar ese recuerdo.
Y con él desaparezca este tormento que siento cuando resuenan de esa canción los ecos y me siento indefenso ante la vida, el amor y los sueños.