Me guiaste con tus manos hasta el lugar donde se guardaban aquellos versos que se escondían en mi…, muy adentro.
Me enseñaste con tu amor a leerlos, a descifrar lo que sus letras sentían, a poder entenderlos para escribirlos luego.
Me regalaste de tus alas una pluma que use junto con aquel tintero, ese que llene con las lágrimas que de mi corazón surgieron.
Fue entonces que los blancos papeles se llenaron de sueños, de inquietudes y sentimientos, de anhelos y deseos, de grandes alegrías y de algún que otro sufrimiento.
Se llenaron de ti y se llenaron de mi.
De un pasado ya obsoleto, de un presente pleno y de futuros inciertos.
Con la única intención de que algún día vuelvas a leerlos y te sientas culpable de cada uno de ellos.
Javi A.


