Se desataban los infiernos cada vez que debajo de mis sabanas se colaba!.
Ardía el deseo convirtiendo en ceniza cada caricia, cada orgasmo, cada beso.
Su cuerpo enmudecía al grito de mis dedos. Su silencio era la invitación para hacer realidad los sueños más obscenos.
Nada quedaba de nosotros después del sudor, del calor…, de los jadeos.
Éramos dos despojos, víctimas de unos irrefrenables instintos que dejaban la ropa en el suelo y sobre la cama el más absoluto caos disfrazado de deseo.
Su piel me arropaba a partir de ese instante. La mía se convertía para ella en cariño sincero.
Y abrazando lo que sobraba de tan excitantes momentos, dejábamos que se lo llevara Morfeo al país de los sueños.
Javi A.
