No sé si fue el amanecer entrando por las rendijas de una persiana a medio cerrar o el calor que desprendían sus labios cerca de mi oreja, el caso es que me hizo despertar de mi letargo y entre sueños fui tomando conciencia de un nuevo día.
No quise abrir los ojos, ni siquiera moverme pues presentía que algo precioso estaba a punto de ocurrir.
Notaba su respiración cerca de mi oído, sus labios empezaban a rozar mi piel muy suave, con un cariño y una delicadeza que me erizaba el bello mientras beso a beso recorrían tiernamente desde el lóbulo hacia arriba en un círculo que parecía no tener fin.
Ella sabía perfectamente que al tocar esa zona de mi cuerpo provocaría un incendio en mi difícil de controlar, aún así, no quise mover ni un músculo y deje que siguiera jugando, me encantaba sentir como me provocaba y me excitaba para que después le hiciera el amor.
Era increíble la destreza con la que su lengua humedecía a la vez que con sus labios recorría toda ella mientras notaba como su mano se posaba en mi pecho y lentamente descendía para perderse por debajo de mi ropa interior con todo el el descaro del que siempre hizo gala y del cual me enamoré.
A esas alturas ya, mi excitación era más que obvia y ella sabía que estaba despierto, pero me susurró al oído que no me moviera ni abriera los ojos y por supuesto acepte aquella orden con gusto.
Sus labios buscaron los míos para después perderse por mi cuerpo sin prisa, lentamente, pero llenos de lujuria y deseo, de pasión y ternura sin fin. Todo un conjunto de sensaciones que solo ella era capaz de transmitírmelas y encender el deseo entre los dos hasta acabar ardiendo en las cenizas de este maravilloso amor.

     Javi A.

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