Me quede mirando su cuerpo, había algo en el que invitaba al deseo de poseerlo, quizás sería su piel, fina y tersa, tan delicada que sin tocarla ya sentía esa suavidad que traspasaría la yema de mis dedos o tal vez fueran esas curvas perfectas, que desde arriba hasta abajo dibujaban perfectamente la silueta de mis más ardientes deseos.
No había nada en ella que no me encendiera con tan solo verla, era una sensación tan abrumadora que con imaginarla era suficiente para desearla.
Colmaba todo aquello que en mi mente brotaba, ansiaba acariciarla, besar todo su cuerpo, morderla y hasta dulcemente azotarla, hacerla mía o dejar que ella me dominara, la verdad no me importaba, pues jugar con su cuerpo era dejarse entera el alma, sin privarse de nada, porque cuando la amaba se entregaba de tal modo que nada nos molestaba.
Tal es la compenetración que nació del mutuo deseo, que no hace falta decirnos nada, con tan solo las miradas basta, el resto es sentirnos, buscar en nuestros cuerpos el camino, amarnos con delirio y acabar fundidos en un abrazo que nos mantiene para siempre unidos.
Por eso me encanta observarla, dejar que me seduzca, que me provoque, que encienda la llama, porque es entonces cuando ardemos los dos en nuestra cama.
Javi A