Y me encontré allí sentado una vez más. Con la mirada perdida y la cabeza llena de sueños. Totalmente absorto en mis pensamientos.
Ella se sentó a mi lado, apenas la vi venir y comenzó a hablarme despacio.
Con la lentitud de un suspiro y la certeza de un disparo.
Apuntó dónde más dolía y dio en el blanco, formando un reguero de sentimientos que brotaban por aquel agujero que dejó la herida… y ya no pude cerrarlo. No logré evitarlo.
Lo curioso es que yo no le había preguntado, ni pedido su opinión, ni sus dardos envenenados.
Tan solo estaba observando la vida como pasaba por mi lado.
Y ahora que lo pienso, quizás fuera ese el motivo de sus actos.
Porque ella es así, impetuosa y sincera. Honesta hasta el dolor y no la calla ni el silencio.
El caso es que me dolió tanto, que me agarré el pecho y lloré como un niño para limpiar los restos que quedaron del pasado.
Tiré de coraje y no le discutí ni un acento. Me tragué el orgullo y los miedos.
Callé las palabras que los días habían secado y las mojé con las lágrimas que volaban entre latidos tan fuertes, que sonaban como martillos golpeando.
De todos modos quien me hubiera escuchado?
Ella es tan ambigua y a la vez tan precisa, que en los momentos oscuros y más confusos, se acerca sigilosamente para vomitarte tus verdades.
Quizás pienses que puedes escabullirte y hacer caso omiso a sus intentos o levantarte y caminar sin mirar atrás para perderte entre pasos inciertos.
Pero la autentica verdad…, es que nadie escapa a lo que le grita su soledad.
Javi A.