Decepcionado por la falta de respuestas, dejó de hacerle preguntas al aire, dándose una tregua para calmar aquel momento de contrariedad.
Un mar de dudas sobrevolaba por una habitación donde el aire se hacía irrespirable después de horas interminables de absoluto encierro.
Jamás había pasado por tal situación. El calor se hacía presente en gotas de sudor, que cayendo por la mejilla, llegaban a morir a la comisura de unos labios agrietados por la sed.
Se los intentó humedecer con una lengua igual de reseca, sintiendo lo salado de aquellas minúsculas gotas que sólo aumentaban la sensación de necesitar líquido para calmarla.
En su mente se agolpaban las palabras que no querían salir. Sentimientos que parecían atados a su cuerpo por un lazo invisible y que no permitía que llegaran hasta sus dedos.
Era una fuerza invisible tan poderosa y tan cruel a la vez, que le llenaba de impotencia aquellas horas de incertidumbre y soledad voluntaria.
Y necesitaba urgentemente buscar esa formula que permitiera fluir, como la sangre por las venas, las palabras por sus dedos. Que era donde debían llegar para caer por ellos hasta el papel y explicar con la tinta lo que allí dentro le ardía.
A lo mejor un día aprendo a escribir sin tenerle miedo a mis palabras!. A regalar a mis instintos una libertad que hoy no tienen; Pensó mientras tomaba un sorbo del fondo de una taza, donde hubo café hace unas cuantas horas, pero ahora sólo quedaba el poso frío de aquel delicioso líquido negro que tanto amaba.
Al menos le sacó el regusto a sal del sudor y le regaló un instante de paz entre tanta tempestad mental.
Se levantó de aquella silla de madera antigua que encontró un dia en la acera tirada, muy cerca de su casa, para acercarse a la ventana y abrirla.
Así pudo dejar entrar algo de aire que renovará el tan cargado ambiente de la habitación.
Entonces se dio cuenta que el sol comenzaba a iluminar el cielo pintando de color rosa las nubes.
Y el aire fresco de la mañana se coló por cada rincón de la estancia apaciguando ese calor que hacía poco tiempo le estaba asfixiando.
También entró en su cuerpo aquel frescor en forma de bocanada de aire, mientras pensaba que así como se había llenado todo de aire limpio por el simple hecho de abrir una ventana, también podría renovar su interior si abria su mente.
Y como si aquello fuera la llave del cofre del tesoro, se volvió a sentar en aquella silla medio destartalada que crujia con cada leve movimiento. Acomodandose mientras agarraba, no sin temor, ese instrumento fatídico que hace poco le odiaba sin piedad.
Había que darle algo de dramatismo al momento, seguía pensando mientras una leve sonrisa se dibujaba en su cara.
Apoyó el lápiz sobre el papel. Y como por arte de birlibirloque las palabras fueron cayendo como las hojas de los árboles en otoño.
Quizás tan sólo debía esperar al momento adecuado, pensó mientras seguía escribiendo aún no sabía bien que.
Pero estaba seguro que al final tendría todo el sentido del mundo. Porque así son los escritores, no?

                       Javi A.

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