Se pasaba las noches robando para ella estrellas. Dejando hueco el cielo y a la luna huérfana.
Pero nunca eran suficientes. No había luz en su regazo que iluminara tanta belleza eternamente.
Era tanto el amor que en su corazón habitaba, que no se daba cuenta mientras las robaba de la oscuridad que a su vez creaba.
Y cuando ya no hubo más que un cielo negro. Cuando ya no hubo ni al alba luceros.
Se alejó con la luz entre sus manos para iluminar otros cielos. Dejando entre sollozos a luna y un corazón roto en su reflejo.

                  Javi A.

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